Un poco de comprensión: en nuestro caso, lo que se hizo cuesta arriba fue la concepción, el "quedar" embarazados, y por eso fue tan relevante, tanto que aun con unos meses de gestación yo seguía hablando de ese momento en que, ciencia mediante, vencimos la valla que la Naturaleza había erigido.
Estamos ahora a las puertas del nacimiento: empecé este texto al comienzo de la semana 37 y lo estoy terminando al promediar la 39. A esta altura, como saben los que pasaron por la experiencia, cualquier cosa puede pasar. Todas las precauciones y cuidados en el cuerpo de Silvana se quedan cortos: con días de 38 grados, los tacos un poco más altos para disminuir la hinchazón de los pies, la ingesta de alimentos con hierro, la Dermaglós en la panza, el descanso obligado por el peso, son tenues paliativos.
El punto de inflexión del embarazo, más que cualquier elaboración mental nuestra, fue el día que Silvana apareció haciendo pucheros, al grito de "¡No podía levantarme de la cama!". Un día cualquiera, su tamaño y su forma habían cambiado tanto que se sintió, según sus propias palabras, "como una cucaracha de espaldas", moviendo las patitas y sin poder incorporarse. Algo así como Gregor Samsa, el personaje de La Metamorfosis, ¿se acuerdan? Esto sucedió más o menos hacia el final del quinto mes.
Tito, el obstetra (él no sabe que lo llamo así, guarden el secreto, pero su apellido me causa malos recuerdos, les cuento otro día), nos avisó que el segundo trimestre es el más lindo del embarazo. Ahora sabemos por qué: se nota la panza, ves en vivo y en directo las primeras patadas del bebé, la mujer no pesa tanto y, mal o bien, puede seguir haciendo las mismas cosas de siempre. Las náuseas de las primeras semanas suelen desaparecer (obvio, hay casos y casos, pero en general es así) y el sexo todavía no se parece a un número del Cirque du Soleil.
Ahora, como pueden ver en las fotos, el tamaño de la panza de Silvana (el de Violeta más el chorro de placenta y demás porquerías que flotan ahí dentro) es importante, y se nota más por el hecho de que Silvana es bastante espigada. Este último tercio, y especialmente ahora que entramos en el último mes, es el descontrol: la mujer no encuentra una buena posición para sentarse, si está acostumbrada a dormir boca abajo o boca arriba está más frita que nunca (consejo para futuras mamás: intenten desde ahora dormir de costado, lo van a apreciar cuando se hayan convertido en un Panzer), hay dolores, pueden aparecer algunas contracciones...
Estos días, los movimientos de Violeta ya no son tan divertidos, como ver un chichón móvil en la panza de tu mujer: ahora se parece a un gatito de dibujo animado, metido por la fuerza en una bolsa y pugnando por salir. Algo así como si se desperezara o estirara las piernas al grito de "¡Che, acá no hay lugar, abran cancha!". Por lo que cuenta la madre, no es exactamente dolor lo que produce, pero tampoco es placentero. Es una molestia, una sensación extraña. Yo lo asocio con los dolores intestinales, pero prefiero no mencionarlo para que madre y partera no me miren como diciendo “pará de decir boludeces”…
El temor más reciente se disipó ayer: por más que uno mira y mira, calcula y teje teorías, nuestros ojos y manos de ignorantes no saben darse cuenta de en qué posición está el bebé. Con estos manotazos y estiramientos que les contaba, Silvana temía que estuviera trasnversal o sentada, no de cabeza como ya se esperaría que estuviera. El tordo nos confirmó que Violeta ya está cabeza abajo, lista para atravesar el "canal de parto" (eufemismo por... ustedes saben). Claro está que eso puede cambiar: de hecho, hasta lo que los médicos llaman "circulares de cordón" (el bebito con una o dos vueltas de cordón umbilical en el cuello o alguna extremidad) se hacen y deshacen en cuestión de minutos. Pero está bueno saber Violeta ya está haciendo los deberes cuando falta un poco para el parto. Veremos que sucede más adelante.
Hay detalles a lo pavote, pero no da para seguir con eso. Los mejores momentos están en la memoria y seguramente irán llegando a este blog con el tiempo. Ya dije el primer día: no es cuestión de hacer una crónica, no creo que les resulte interesante.
Hay algo que, sin embargo, quiero compartir y es el motivo de este post. Atravesar este embarazo que llega a su fin me enseñó muchas cosas. Podría mencionar, claro, todo lo relativo a la evolución del niño en la panza, los síntomas, los cambios de humor (en la madre y el padre) y de peso (en la madre y el padre, jeje).
Pero hay algunas más importantes, al menos para mí. Primero, está bueno comprobar algo que pensé durante años mientras veía a mis hermanas y amigas parir: señores, caballeros, colegas del género masculino, no somos nada. Parece una obviedad, pero el cuerpo de las mujeres cambia de una manera, y el trabajo que tienen que hacer para llevar adelante el embarazo es de tal magnitud, que todavía me pregunto cómo es que nos prestan alguna atención. Una teoría un poco básica sobre el machismo general de la Humanidad basa el sojuzgamiento de la mujer en el hecho de que puede dar vida. Ese es un poder tan impresionante que el varón buscó en sus recursos (básicamente, la fuerza física) la forma de someter y postergar a la mujer en todos los demás aspectos de la vida. La teoría es un poquito conspirativa, pero es verosímil. De alguna manera, me siento preparado para “adoptar” a mi hija, a ser un espectador de lujo, un asistente un poco contrahecho, de Silvana, como para llegar en unos meses a que Violeta me identifique y reconozca. Es bastante, considerando que en todo este proceso Silvana no me necesitó para nada.
Así que, caballeros: no vayan contra la corriente y déjense someter. No somos nada, en serio. Mientras atravesábamos con Silvana el proceso de inscribirnos para adoptar un niño, una de las tantas profesionales que nos entrevistaron me preguntó cómo me sentía como padre “adoptivo”. Yo le respondí que los padres siempre somos adoptivos. Bueno, mi hija todavía no nació, pero estoy convencido de que es así.
En un libro que me prestó mi amigo el Pez, el chef Martiniano Molina cuenta que él desconfiaba un poco de que su esposa embarazada tuviera tantos inconvenientes con los cambios en su cuerpo. Ella lo desafió a que experimentara lo que a ella le pasaba por un rato. Martiniano entonces se puso una mochila, del lado de adelante, cargada con unos cuantos paquetes de arroz, e intentó seguir con su vida normalmente. Abandonó a las pocas horas con una tremenda contractura en la espalda.
Cuando en nuestro país tan lleno de hipocresía vuelven y vuelven cada tanto los debates sobre el aborto, la anticoncepción, etc., me irrita ver a tantos hombres (varones) discutiendo. Ojo, yo pienso que tenemos algo que ver (no habría gestación de otra manera) pero es ridículo que intentemos darles normas a las mujeres. La distancia entre lo que cada uno hace y experimenta es tan grande que creo que ganaríamos mucho cerrando la boca y dejando que ellas decidan, y pedir humildemente que nos incluyan y nos dejen ser parte. Algo así como invertir los roles. Espero vivir para ver algo de eso.
El otro asunto que me resultó revelador e inmensamente aleccionador en todo este tiempo fue Silvana. Una vez más, me subyuga su valentía, su actitud y su personalidad. Creo que si no la quisiera como a lo que más en el mundo, me enamoraría de sólo verla vivir. En estos nueve meses, siguió trabajando, llevó adelante la obra que estamos haciendo en casa, se quejó poco y nada. Ojo, el cuerpo ayudó, conozco mujeres que se la pasaron vomitando y mareadas casi todo su embarazo, por mencionar sólo las complicaciones más simples. Pero aun en embarazos “normales”, lo que vi fue el perfil “negación” (trabajo y sigo mi vida como si nada sucediera, y que todo lo que tenga que pasar ocurra lo más rápido posible); o el perfil más infantil y cerrado sobre sí misma, de centrarse tanto en el embarazo que termina por dejar a todos (pareja incluida) afuera. Silvana fue un portento de valentía, apertura y disfrute. No se la pasó quejándose y, aunque siguió haciendo cosas, se dio el tiempo para prestar atención a lo que le sucedía, a dejarase atravesar por la experiencia, y a compartirlo conmigo. Me dejó intervenir, contactar a un grupo de parto humanizado y “llevarla” a las reuniones, ¡hasta me dejó opinar! :) Trabajó, sí, pero no tomó la actitud negadora de que aquí no pasaba nada. Entre otros intentos de acompañar semejante actitud, yo me propuse diez mil veces “organizar” el tema comida, preparar cosas para la semana, ocuparme de todo, organizar el lavado de la ropa, tipo “vos no hagas nada”… Ella miraba con sonrisa comprensiva que decía “sí, sí...” y después seguía llevando la batuta y ejecutando la parte solista. Al principio, cuando yo extremaba algunos “cuidados” que ella no necesitaba y me hacía el distraído con las cosas más difíciles, me recordó, sin mencionarla, la frase de mi amiga Jezi, un día que me vio muy afanado en que ella no hiciera esfuerzo alguno: “No estoy enferma, estoy embarazada”.
Antes de que Violeta salga a la luz necesito reconocer a su madre, tan valiente, tan poderosa y tan sensible que me hace todavía más insignificante de lo que soy habitualmente. Salud, Muñeca, sos una persona increíble, que me recuerda a cada rato esa frase de Drexler: “Qué habré hecho yo de bueno para que la vida te haya cruzado en mi camino”.